Mitos y leyendas populares: Difunta Correa

El 1 de noviembre de todos los años, en la Provincia de San Juan, durante dos días se realiza la festividad de la Difunta Correa cuyo propósito es agradecerle o pedirle algo a la santa. En el lugar el que pereció, se levantó una pequeña capilla en la que se tributa veneración fundamentalmente en el día de “Todos los Santos” y el día de “Todos los muertos”. Devotas muchedumbres peregrinan entonces hasta el santuario de la Difunta Correa para pedir salud, amor, y la recuperación de objetos o animales extraviados.

Esta historia se desarrolla en la provincia de San Juan, República Argentina allá por 1835, cuando en el país había serios enfrentamientos militares, cerquita de la capital de la provincia, no más de 60 km. El santuario de la Deolinda se encuentra en la cima de una colina, exactamente donde esta muchacha, joven y madre encontró su muerte. Para llegar al lugar hay que atravesar Cahucete y Vallecito.

Dicen que dicen   que Deolinda, una joven bellísima tenía solo dieciocho años cuando se enamoró de Baudillo, un muchacho como otros, pero al que amaba con locura y fruto de ese amor habían engendrado un bebé, y los tres vivían muy felices.

Pero como en todas las historias trágicas apareció un tercero, un militar con fama de sangriento, y apellido Rancagua que se cruzó en el camino de la Deolinda, pero ella no tenía más ojos que para su Baudillo, cosa que Rancagua no podía tolerar y valiéndose   de su autoridad y sus influencias tramo un siniestro plan, aprovechó la explosión de la guerra civil, que para aquellos tiempos regaba el suelo de nuestra querida patria, con sangre de hermanos.

Si bien las tropas de Rancagua estaban en la provincia de La Rioja, no le fue difícil cruzar los límites y pasar a San Juan para reclutar a Baudillo y llevarlo a la fuerza a sus filas. Así fue como apresaron al muchacho, separándolo de la Deolinda y de su pequeño hijo.

El plan del militar no era sólo separar a la pareja, si no que, si al Baudillo lo mataban, mejor así, pues el terreno le quedaba libre para conquistar a la florcita del valle.

Al conocer la noticia la Deolinda tomó una drástica decisión, seguir a su amor fuera donde fuese, juntó lo necesario, tomó a su hijo en brazos y se propuso corajudamente cruzar el infernal desierto sanjuanino.

Cuando Rancagua llegó al rancho de la Deolinda y del Baudillo, la muchacha ya no estaba.

El sol era abrazador y su meta era caminar siempre hacia el este hasta divisar un algarrobal, empujada por el viento zonda que la incendia, que había secado los ríos pedregosos y el desértico terreno que quemaba su cuerpo con el calor infinito.

La joven no se daba por vencida y caminaba sin prisa, pero sin pausa, siempre cargando su bebé que mamaba su leche golosamente, como un cachorrito salvaje, ella sigue avanzando bajo el sol abrazador, los víveres se van terminando, ya consumió su charqui y el patay, el agua se va terminando, pero tercamente sigue avanzando, con los pies llagados, y su hijo a cuestas, absorbiendo vorazmente el néctar de los pechos que su madre le ofrece. Nada logra detenerla, ni la sed, ni el hambre, ni las amenazadoras sombras que de noche la envuelven, cuando se queda sin agua, succiona raíces, sorbe higos de tuna, pero el pedregal y la tierra reseca no acaban y el ansiado algarrobal del este no se divisa.

La boca reseca, la lengua y los labios agrietados, pero ella insiste en su empeño, nada la detiene, y su hijo sigue engullendo sus pechos ávidamente.

Sus fuerzas van enflaqueciendo y el trepar el cerro se le hace cada vez más difícil, trastabilla, pero no suelta al niño, cae y se levanta, tercamente, siempre con el cachorro asido a su pecho, se arrastra, va de rodillas, su cuerpo afiebrado se quema por dentro y por fuera, implora, pide, ruega, pero no suelta a su retoño.

Pasaron los días, uno, dos, tres, hasta que unos arrieros escucharon el llanto de una criatura, el lloro retumbaba en el desierto y agoreros chimangos sobrevolaban la zona.

Los arrieros se apean, se acercan y no pueden creer lo que ven, el cuerpo de una mujer que ampara del sol celosamente a su niño, que aún se prende de su seno mustio y sin vida, aún alimentaba a la pequeña criatura.

Los arrieros despejan sus cabezas, y se santiguan, alzan con infinito amor el fruto del vientre de lo que había sido una mujer valerosa y sólo la reconocen por un relicario que pendía de su cuello.

Allí mismo, cavaron una fosa y dieron sepultura a esa madre que superando la muerte había seguido alimentando al niño en ofrenda de su infinito amor.

En ese mismo lugar, marcan la tumba con una cruz y le dedican una oración.

La historia corrió como reguero en el pueblo, ni muerta dejó de alimentar a su cachorro, leche viva de madre muerta, milagro, milagro.

La historia se multiplica, va de boca en boca, y alguien se llega hasta su tumba y levanta un altarcito y le deja una ofrenda, un cuenco de agua para apagar la sed de la difunta.

Los arrieros hacen lo propio y le convidan parte de su agua, y comienza el peregrinaje, le dejan agua y le hacen pedidos, todos le acercan el vital elemento para que nunca más le falte, mucha, tanta como para apagar la sed del desierto y así va creciendo la fe y dicen que ella cumple, es la fe popular ante el milagro de la vida.

La gente venera a La Deolinda Correa, le piden y le dan de beber, le obsequian todo tipo de regalos, pero nunca debe faltarle el agua, mucha agua para la que murió de sed.

La difuntita Correa es una santita popular, elegida por su pueblo, venerada por su pueblo, el que le levanta altares a orillas de los caminos, de las rutas, y allí le dejan sus ofrendas, en unas pequeñas capillitas de madera con una cruz y a la que rodean con muchas botellas de agua, para que apague la amorosa sed abrazadora que la consumió.

FUENTE: identidadcultural.com.ar

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