Hilario Cuadros y un libro imprescindible

Ya se puede leer en internet la investigación que hizo la periodista Gabriela Figueroa sobre la vida del gran folclorista.

“Todo comenzó un día antes de la Navidad de 1902, cuando Carlota Romero, esposa del dueño de La Barraca de Don Anselmo (almacén de ramos generales), en la Medialuna de Guaymallén, en la llamada Calle Larga, parió a Hilario Cuadros”, comienza escribiendo Gabriela Figueroa en el libro “Hilario Cuadros. Apuntes de una vida”, que escribió en coautoría con Juan Alberto “Nene” Ávalos.

Por increíble que parezca, así empieza una historia jamás contada. Un libro que documente la corta, pero apresurada, vida de Cuadros (1902-1956) era una deuda en la cultura local. Ahora en parte saldada con este eBook, que puede leerse gratuitamente en Unidiversidad, el portal de noticias de la Universidad Nacional de Cuyo. Por el momento, el texto espera la financiación para poder imprimirse, aunque ya pudo ser presentado en la reciente Feria del Libro de Mendoza.

Figueroa, periodista y ex directora de Radio Nacional Mendoza, dice que “más que todo me interesa que lo lea el público y los músicos jóvenes, que sepan algo de su vida”.

Comenta que todo comenzó pocos días antes de la pandemia, cuando Carlos Cuadros, sobrino del artista, le contó sobre ese hueco bibliográfico. Entonces con Cuadros, quien forma parte del equipo “Por los senderos de la Patria” (que con 60 años es el programa más antiguo de la radiofonía cuyana), empezó a gestar la idea de una biografía sobre su tío, un prócer de nuestra música. “Es el padre de nuestro himno, ‘Virgen de la Carrodilla’”, remarca Figueroa.

La pandemia propició el tiempo para esbozar el escrito, pero también impuso sus límites: entre el equipo de Figueroa, Cuadros y Roberto DiGregorio, ex gerente de programación de esa radio, solo hubo una reunión posible. Y con Marta, la única hija sobreviviente de Hilario, quien vive actualmente en Buenos Aires, solo mediaron llamadas telefónicas. Ella y Carlos son los únicos autorizados legalmente para hablar sobre la vida del fundador de Los Trovadores de Cuyo, de quien además Marta no quiso dar muchos detalles, pues “sus familiares directos están en España y no la estaba pasando nada bien con la pandemia”, advierte Figueroa en el prólogo.

Aún, así, el proyecto prosperó y fue tomando forma en 23 páginas de historia, que combina también diálogos ficcionalizados por ella. Como anticipa el título, son unos “apuntes” a un objetivo de biografía que, cuando pasen las restricciones por la pandemia, podría crecer rápidamente, dado su interés cultural.

“Los folcloristas suelen referirse al problema de difusión de la música cuyana y que nunca se le dio importancia -dice la autora-. También se comentaba que nunca había estado en una Fiesta de la Vendimia”, dice sobre ese imaginario que rodea la vida de Hilario Cuadros y que nunca se profundizó. Allí radica su primer descubrimiento: según sus investigaciones, sí estuvo una vez en la Vendimia. Fue en 1944.

¿Cómo fue que empezó a trazar el perfil de este músico imprescindible?

-“Justo después de pensarlo empezó la pandemia, así que me dije de desarrollar algo en el encierro. Empecé a investigar, a ver qué podía conseguir, pero en un punto determinado necesitaba alguien que supiera de música, porque hubo muchas cosas innovadoras que hizo Don Hilario. Entonces llamé al Nene Ábalos, que con 24 años como músico en Markama, docente de música latinoamericana en la UNCuyo, tenía mucho peso para ayudarme. Me dijo que sí y aportó desde esa parte”.

¿Cómo fue organizar las fuentes, a tanta distancia en el tiempo?

-Hilario Cuadros nació en 1902, es decir que no tenía ningún contemporáneo, ninguna persona física a quien recurrir. Es mucho más fácil cuando podés chequear las fuentes en vivo y en directo. Entonces acudí a bibliografía, a revistas especializadas, a fotos de diario Los Andes. Nos entrevistamos con Sergio Santi, ex integrante de Los Trovadores de Cuyo, y al mismo Carlos Cuadros, que por ser su sobrino conserva muchas cosas de él, como muchas fotos y hasta su guitarra. Un pequeño museo tiene en su casa.

Uno de los apartados más interesantes de estos apuntes es el que habla de la relación entre Cuadros y Colombia, un país donde es realmente popular a raíz de sus pasillos y arreglos, que hacía con intérpretes contemporáneos de allá. Su música, de hecho, viajó mucho más que él, y dicen que hasta los instrumentistas de Gardel lo persuadieron para que visitara ese país, donde veían cómo su nombre sonaba en radios y teatros. Sin embargo, nunca estuvo allá. “Está certificado”, remarca Figueroa.

El salto clave de su vida fue cuando decidió irse a Buenos Aires, porque “en una época en la que no había televisión, si no te ibas allá no existías. Para salir en una radio te tenías que ir para allá”, sentencia.

En ese viaje de descubrimiento al pasado, ¿hubo algo que resonara especialmente en vos?

-A mí me llamó mucho la atención que no lo invitaran a las fiestas de la Vendimia. No tengo hipótesis de por qué. Probablemente porque estaba de gira en otras partes, o no se había dado. No le dieron participación, solo una vez, y tampoco es que hubo una causa específica. Es más, en una Vendimia sus amigos le pusieron un escenario en calle San Martín y Las Heras y ahí hicieron un festival con Los Trovadores de Cuyo. Como si fuera un acto de protesta por no haberlo invitado. Lo certifica también el libro “La Vendimia para ver 1936-2006”, de Ariel y Fabián Sevilla.

“También me llamó la atención que Cuadros estuvo prohibido en Buenos Aires mucho tiempo, porque presuntamente se había peleado con Jaime Yankelevich. Fue un montón de tiempo, hasta que las cosas se fueron suavizando y pudo volver a ser escuchado en la radio. No sabemos a ciencia cierta qué pasó”, insinúa.

La reconstrucción del pasado es más difícil en la medida que los puentes se resquebrajan. Por eso Figueroa lamenta, por ejemplo, la demolición (allá por 1995) de la casona en calle Cañadita Alegre de Guaymallén, donde Don Hilario pasó su infancia. Enfrente se puso un busto conmemorativo y, cada 23 de diciembre, se celebra el Día de la Tonada.

El 23 de noviembre de 1956, apenas dos semanas antes de su fallecimiento, alcanzó a grabar su última canción: “Amor viejo vale más”, junto a su amigo catamarqueño Manuel Acosta Villafañe. Días después, una falla renal se lo llevó, en su casa de la calle Argerich de Villa del Parque (Buenos Aires). Un día antes también falleció Acosta Villafañe, en una casualidad que estremeció a los folcloristas de la época.

La noticia se esparció por el aire radial y el contrapunto sentimental lo dio el propio Atahualpa Yupanqui, en la emisora El Mundo, con sus bellos anacolutos: “Se ha cortado el bordón de su guitarra cuando la paz del alma florecía. Cuando muere un cantor la tierra mía una canción junto al dolor amarra. Sombras de Guaymallén, anochecidas en las acequias, su dolor solloza, mientras nombran los criollos de Mendoza al que pasó cantando por la vida”.

FUENTE: Diario Los Andes

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