El Gigante del Río de la Troya, leyenda de Catamarca

Con disciplina y constancia Paititi había conseguido desarrollar un físico privilegiado, desde niño se sometió a sacrificios excepcionales para dominar el hambre, la sed y la fatiga. Aprendió de la ampalagua a arrastrarse sin ruido, trepaba y saltaba con la agilidad de un mono, acechar a la presa como el puma, del guanaco aprendió a correr haciendo quencos (hacer gambetas). De ese modo llegó a ser un diestro cazador y guerrero valiente.

En un pintoresco escenario compuesto de montañas, valles profundos y extensas praderas se levantaba el caserío de las tribus a las que pertenecían. En ese escenario Lucumí, cuidaba rebaños de llamas y vicuñas, ella con su dulzura ganó el corazón del cazador, a quién obsequiaba primorosas prendas que con sus manos tejía; él regresaba siempre con algún presente para la mujer amada: piedras de rarísimos colores, alguna piel conseguida con arte y habilidad.

Ambos tenían un secreto celosamente guardado: Lucumí cantaba con la facilidad y la armonía con que lo hace la calandria en la primavera, pero sólo conseguía hacerlo en plena soledad envuelta en el paisaje serrano. La cascada de su voz, cautivaba a los animales de la puna. Pero les molestaba un puma que diezmaba las majadas. Paititi salió en su persecución, pero el puma escapaba con facilidad pues conocía las artimañas de los cazadores. Pero cuando lo vio de nuevo, ya era tarde, el puma se abalanzó sobre Paititi, la pelea fue feroz, finalmente el cazador derribó al animal, asestándole un mazazo y se desmayó. Cuando recuperó el sentido, percibió las profundas heridas del combate las que le afeaban el rostro, por lo que se vio obligado a no regresar nunca.

Desde entonces se conformó en observar a su amada desde su escondite. Un día la pastorcita y él desde su escondite escucharon las melodías de una quena lejana. Nació así un juego musical entre su voz y la quena misteriosa. Comenzaba a cantar y la quena respondía, si se detenía el instrumento callaba. . . Pasó el tiempo y la pastorcita se sentía enajenada cada vez que se entablaba la conexión musical.

Paititi comprendió su drama al no encontrar a su amada, recorrió entonces todos los parajes hasta que un día en un pueblo de la costa se enteró que el hombre de la flauta era un gigante de espesa barba y melena ensortijada color fuego, seducía a las mozas más bellas, las raptaba y las sometía.

Como con el puma salió detrás de sus huellas, años más tardes encontró a su amada enloquecida de dolor y angustia, moribunda. Paititi comprendió que para enfrentar a su oponente era necesario utilizar astucia más que fuerza y agilidad. El enfrentamiento fue feroz, el cazador al sentirse muy extenuado comprendió que debía golpear más fuerte, cuando el gigante lo abrazó y levantó en vilo golpeó con el hacha la frente de su enemigo que estalló con un crujido. Mientras Paititi caía por el vacío, por un instante fugaz experimentó gran alegría, como cuando se gana un combate. Regresaba volando al paisaje donde conoció a su amada, su cuerpo fue arrastrado por el agua hacia el llano. El gigante se quedó boca arriba tendido a lo largo. Cuando se mira la cima de la montaña desde el valle se aprecia su nitidez desde la cabeza a los pies el perfil petrificado por los siglos del gigante dormido.

FUENTE: Ministerio de Cultura y Turismo de Catamarca

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