La arriera de cinco años que conmueve al norte neuquino

“Me gusta andar a caballo y arrear los chivos”, dice con toda seguridad y una voz suave que transmite entusiasmo por hacer las cosas que siempre la atraparon. “A mi mamá la ayudo a hacer el pan y a mi papá en todo. También le saco la leche a las chivas en el corral”, cuenta, mientras no deja escapar su más fuerte deseo para cuando sea grande: “Quiero ser maestra”. Se llama Morena Vázquez y tiene tan solo cinco años.

Las costumbres ancestrales del norte neuquino, esas que les dieron el sustento de vida por años a sus habitantes pero que, a medida que la modernidad las fue cercando y arrinconando, cada vez tienen más comprometida su permanencia y perpetuidad en el tiempo. Esos esfuerzos y sacrificios, que desde siempre ofrendaron los habitantes de esta tierra enclavada a los pies de la Cordillera del Viento van perdiendo la batalla, ya que hoy escasean las generaciones que quieran o deseen la continuidad de este oficio milenario. La trashumancia con los años podría desaparecer, repiten muchos crianceros en los últimos tiempos. Sin embargo y contrariando esos presagios, una niña cruza los umbrales de este tiempo de pandemia como una esperanza de darle continuidad a esta forma de vida que forma parte de la identidad de todos. Montada en su caballo “Trueno” acompaña con temple y decisión a un enorme piño y se suma al esfuerzo de arrear chivas, ovejas y yeguarizos hasta la veranada de sus abuelos, ubicada en el legendario paraje conocido como Los Chenqueles. Desde el año pasado, con apenas cuatro años, ya lo hacía sola. “Su vida es el campo”, dicen todos.

La historia de esta niña cuenta que su mamá tuvo un embarazo complicado y debió permanecer en el hospital Castro Rendón por dos meses hasta su nacimiento. Luego, Invernada Vieja fue su lugar en el mundo. Desde pequeña tuvo contacto con cada una de las faenas y de los paisajes que visten al norte neuquino. Morena ha visto en su corta existencia todas las costumbres e historias que se encierran en estos mágicos lugares. Sus padres, Eugenio Vázquez y Margarita Gutiérrez, y sus cuatro hermanos le contagiaron el amor por el campo.

“Yo a los 8 años también acompañaba a mi abuela en los arreos, llevaba mis gallinas en las maletas y algunos borregos por delante”, afirma Margarita. “De ella aprendí todo lo del campo y hoy con orgullo se lo enseño a mis hijos y, en especial, a Morena, que la verdad me llena de alegría ver todo el amor que siente por esto”, señaló. “Mucho de lo que sabe también lo aprendió mirando”, agrega.

Morena se defiende en la esquila, en la doma de pequeños animales, en los trabajos para herrar los caballos, en el ordeñe de chivas, ayudante para hacer quesos caseros y en todos los secretos que envuelven a la mágica trashumancia.

“Por suerte Morena, al igual que el resto de mis hijos, son responsables con la educación, sin dejar de amar el campo. Mi pequeña el año que viene ya ingresará al primer grado de la escuela 206 de Varvarco”, asegura Margarita.

A caballo

La pequeña Morena espera cada año estos tiempos de trashumancia. Junto a su padre ensilla el caballo y se dispone a recorrer todos los kilómetros que separan a Invernada Vieja con Los Chenqueles, ese lugar donde muy cerca se ubican las nacientes del río Neuquén. Los seis o siete días que demora el arreo por los caminos del norte neuquino la encuentran arriba del animal. “Ella todo el tiempo siente que tiene que estar al lado del piño”, señala con orgullo su mamá.

Este año acompañó el arreo el guardafauna Jorge “Coco” González, que pudo compartir y vivenciar con Morena y parte de su familia un arreo distinto en tiempos de pandemia. “Es un ejemplo de constancia y me atrapa su pasión por el campo y por todas las dificultades que esto representa”, señala el guardafauna. “En varios tramos del camino había que llevarle el caballo de tiro a Morena porque ella no se quería bajar y cumplía largos trechos durmiendo sobre la montura. Es algo admirable”, resalta.

Con firmeza y decisión, Morena fue parte del grupo de arrieros que llevaron cerca de 900 animales (entre chivas, vacunos y yeguarizos) desde Varvarco con rumbo a la veranada. Entre los lugares que utilizaron para reponer fuerzas nombraron al puente de Ranquileo. Desde ahí se dirigieron hasta Pichi Neuquén, para luego partir con rumbo final a Los Chenqueles, donde los abuelos Luis Vázquez y Ramona López tienen su histórica veranada, que viene también de sus ancestros.

 FUENTE: LM Neuquén

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