El “Pujllay” la alegría del carnaval

Entre los personajes del Carnaval, esos que nos divierten, que llaman la atención por su colorido, por su gracia y ocurrencias, está el “diablo del Carnaval”.

En realidad, es el “Pujllay”. Nuestros abuelos, lo llamaban así y en las fustes carnestolendas, nunca faltaba. El Pujllay viene a transformarse en el “espíritu de la fiesta” y cuando anda suelto es pura diversión. Puede estar en distintos estados, sobrio, “machadito”, contento, “tristonio”, pero en cualquiera de esos estados, llama la atención. Su traje rojo, lleno de espejos, la cola larga que la revolea por todos lados, correteando a los sorprendidos celebrantes, pone de manifiesto que el Carnaval está a pleno y hay que vivirlo con mucho colorido.

La figura del diablo del Carnaval parece haberse incorporado a principio del siglo XX. La figura del diablo carnavalero se saca del submundo, aunque no representa el mal absoluto; es más bien un diablo ambivalente. El Pujllay no es originario de nuestra tierra, pero fue introducido hace muchos años por las culturas andinas a lo largo de un vasto territorio americano y poco a poco se fue metiendo en el folklore popular.

Junto con el carnaval, el aroma a albahaca que se extiende todos los pueblos, tanto en las poblaciones de la Quebrada, como la Puna y los Valles, el carnaval es representado por el diablo o Pujllay.

En muchas comparsas o lugares, también es representado por un pequeño muñeco que es desenterrado desde un mojón o algún lugar mágico en un ritual que respeta todas las tradiciones ancestrales de esta tierra.

El ritual comienza pidiéndole permiso de la “Pachamama”, la Madre Tierra, y luego se desentierra al Pujllay.  Del “mojón”, el padrino de “diablo” de la comparsa lo saca a la luz y comienza la algarabía. Previamente ese mojón ya fue chayado y en esta oportunidad, se lo chaya al “diablo”, con abundante talco, papel picado y bebidas dispuestas para la ocasión. Este es el momento preciso, donde comienza la fiesta del carnaval, en un ritual que durará una semana. La fiesta del carnaval está en su apogeo. Transmitido de generación en generación, el “Pujllay” ya fue desenterrado y anda suelto por todas las comparsas.

El espíritu travieso reinará y estará dentro del cuerpo de quien se atrevió a dejar de lado la rutina, para hacer de las suyas en la Puna y la Quebrada hasta su entierro.

En ciertos lugares también es llamado “Coludo” pero siempre simboliza la celebración, y es representado por un muñeco de trapo que fue enterrado en el final del último carnaval. En la festividad popular, los deseos reprimidos se liberan, con el permiso del Pujllay y durante el festejo se permite embriagarse sin recato y los preceptos morales son dejados de lado.

El Pujllay, siempre tendrá listo su traje colorido utilizando cascabeles y máscaras para disfrazarse. En sus bolsillos llevará siempre papel picado y talco o harina para divertir a la gente tirándose con talco y serpentinas mientras reparten ramitas de albahaca.

Durante los ocho días del carnaval, el Pujllay también acompañará a las comparsas a las invitaciones, bailando carnavalitos por las calles.

El festejo del carnaval en todo el norte argentino, termina el “Domingo de Tentación”, con el “entierro” del Diablo, que se lo hace en un acto ceremonial, en un hoyo que representa la boca de la Pachamama, junto con cigarrillos, coca, serpentinas y chicha.

FUENTE: Jujuy al Momento

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