Las viejas pulperías: un viaje en el tiempo tierra adentro

En el siglo XIX fueron censadas 350 pulperías, esquinas y almacenes en la campaña bonaerense; hoy solo subsiste un puñado de estos boliches, dispersos en la etnografía de la pampa, que resisten a la soledad desde hace más de un siglo.

San Gervasio de 1855

La pulpería es un apostadero remoto, parada de gauchos, refugio de viajeros en la inmensidad del campo argentino. Toma su nombre del pulque, bebida fermentada de fuerte picor. Es una taberna campestre; en su interior nunca falta agua ardiente, caña quemada o licores ásperos. Hay coplas, payadas, cartas… y hay palenque para desensillar y atar caballos.

ESQUINA DE ARGÚAS. Es acaso el más viejo de estos apeaderos: es posta desde 1817. Según cuenta la leyenda José Hernández visitó este boliche y se inspiró en las escenas aquí vividas para algunos de sus versos del Martín Fierro.

Situada en la huella de la estancia El Durazno, en el partido de Coronel Vidal, la pulpería fue parada obligada de carretas que se dirigían a Mar del Plata en el siglo XIX. La construcción de adobe, con techo a dos aguas –situado en el campo Tierra Fiel– tiene piso de tierra, mostrador de madera y una antiquísima reja.

Detrás de los barrotes de hierro el pulpero despacha caña quemada, caña de durazno, ginebra o caña ombú desde el amanecer hasta que cae el sol. Los viernes a la noche se reúnen puesteros o encargados de estancias vecinas a jugar al truco o a la taba. De día es cobertizo para el gaucho que se detiene a calentar el cuerpo con un trago.

SAN GERVASIO. Detrás de un monte sembrado de paraísos y eucaliptos un rancho y un aljibe descubren sus muros de color rosa tan viejo como el apeadero. Cuando atardece en el campo, la única luz del sol de noche brilla como una estrella en el cielo: aquí, dentro de la pulpería, hay una barra para tomar una caña, una ginebra o una copa de licor para templar el espíritu.

El boliche que lleva el nombre de San Gervasio fue parada, refresco y descanso del viajero desde tiempos en que las carretas no habían sido sustituidas por los autos.

Fundado en 1855 en el paraje Campodónico –a 23 kilómetros de la ruta 51 que conduce a Tapalqué– pertenece a la comunidad de hermanos Salesianos. En otros años fue espacio para pruebas de riendas y jineteada con tropilla. Ahora, en tiempos de pandemia, los gauchos se detienen a jugar a las bochas o al tejo. El trago que sirve el pulpero en vaso de vidrio, precede al plato del día: empanadas picadas… o asado, en caso de llegar con aviso.

MIRA MAR. En un paraje rural entre Carlos Casares y Bolívar, la antigua pulpería Mira Mar no tiene vista al océano, sino a la extensa llanura.

En este paraje recóndito que también se llama Mira Mar, situado a 30 kilómetros de Bolívar, ofrece copas a los lugareños que hace siglos se proveen en el lugar de los elementos más variados: desde alpargatas hasta elementos para trabajar la tierra. La pulpería –que aún conserva su reja original frente al mostrador– fue desde 1899 estafeta postal, despacho de prendas de vestir, de herrajes y de alimentos. Nunca faltaron las copas, para invitar a los gauchos que llegan a tomar un descanso en el camino.

EL TORITO. La pulpería se destaca en el paisaje rural de la pampa húmeda en Baradero: es la única de estos pocos boliches que tiene sello postal y un teatro. El rancho tiene un toro pintado en tinte colorado, que da nombre al establecimiento. Un palenque y un arado completan la fachada del recinto, construido con ladrillos y adobe.

Tiene pista de baile al aire libre y pista de doma con tres palos. El lugar, que permanece abierto, es centro de referencia de cultura popular gauchesca. Además del teatro en el mismo complejo hay una pista de doma donde realizar carreras de sortijas o jineteadas.

En el interior del boliche sobre el mostrador, aún se conserva una reja hendida por una puñalada. En las paredes hay pieles de puma, gato montés y zorrino. En las estanterías se amontonan una máquina manual para moler maíz, otra para hacer chorizos y un pararrayos de cuatro estrellas. Sobre la barra del mostrador, las botellas de Hesperidina, Cubana sello rojo y Cubana sello verde se confunden con otras de licores añejos.

El lugar visitado por el Che Guevara en 1940 fue declarado de interés cultural por el gobierno. Ahora es visitado por unos pocos paisanos que se acercan a tomar unas copas, entre las jornadas de trabajo. Tan singular es la pulpería, que tiene un sello postal propio. Miles de estampillas con la foto de su reja original dan la vuelta al mundo.

LA PAZ. El rancho de adobe establecido en el paraje La Paz desde 1859 y su contiguo almacén de ramos generales, son los más emblemáticos de Roque Pérez. Situado en caminos que en el siglo pasado recorrió el guacho matrero Juan Moreira, ha tenido la audacia de persistir 162 años con sus puertas abiertas hasta hoy. Sirven picadas y aperitivos. Cada año, en la noche de los almacenes –que se celebra en verano– hay música que suena hasta el amanecer.

EL ALMACÉN DE PAYRÓ. En Payró, partido de Magdalena, frente a la vieja estación de tren, sobre la esquina, se erige una antigua pulpería que lleva el mismo nombre que el pueblo que la alberga. Desde su fundación en 1875, este boliche supo ser punto de encuentro para aquellos paisanos deseosos de beber unas cañas o jugar a la taba, bolsa de trabajo para chacareros y peones, almacén de ramos generales y estafeta postal. Incluso, años más tarde funcionó como corresponsalía del diario LA NACION.

DI CATARINA. En Mercedes junto al puente del río Luján un cartel anuncia: “La última pulpería. El último Pulpero”. El lugar es de 1830. Fernanda Pozzi, sobrina y ahijada de Roberto Di Catarina, tomó las riendas del apeadero cuando falleció el último pulpero en 2015.

La pulpería que en otros siglos frecuentó Don Segundo Ramírez, inmortalizado por Güiraldes en Don Segundo Sombra, resiste el paso del tiempo.

En septiembre volvió a abrir: comenzó a ofrecer picadas de queso de campo y salame quintero con empanadas picantes y pasteles. Ahora ofrece, también, asado al asador. Los fines de semana hay cantores que con bombos y guitarras hacen gala a los versos del poeta gauchesco.

FUENTE: La Nación por María José Lucesole

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