Abel Pintos: casamiento, familia ensamblada y nuevo disco

El músico, que acaba de lanzar el álbum El amor en mi vida, confirmó que se casará en septiembre; la paternidad de su hijo biológico y el lazo que lo une con la hija de su futura esposa.

“Mi nuevo disco comenzó su recorrido en 2019 y tenía otro título, se llamaba Las caras de la buena suerte. Con varios temas grabados, en enero del año pasado corté la producción para realizar la gira de verano, con intenciones de terminar el disco en marzo y editarlo en mayo, pero comenzó la cuarentena y se cambiaron los planes”, rememora el cantante en el comienzo de la charla con LA NACION, desgranando la génesis de este material sensible. Finalmente, el álbum se terminó de gestar en tiempos pandémicos y, editado por Sony Music, vio la luz bajo el nombre de El amor en mi vida, una foto precisa de su presente donde se descubre transitando un vínculo de pareja con una historia de destinos encontrados detrás, como se generan siempre estos cruces, y ejerciendo la paternidad por partida doble, trascendencias a las que les ofrendará una firma en septiembre, cuando rubrique en el libro de actas del Registro Civil la formalidad de ese lazo que celebrará con una fiesta de casamiento en el campo.

Todos los días un poco

“En todos esos meses de aislamiento empecé a advertir que soy un ser muy privilegiado, porque pude darme cuenta de las formas y las personas en las que el amor se representa en mi vida a diario. Eso, en medio de la locura mundial que se vivía, me salvó en lo emocional, en lo psíquico y en lo físico. Me he quedado dentro de casa por amor a mucha gente y, en ese contexto, compuse la canción ´El amor en mi vida´”, asegura, entre el café y el agua mineral. La canción da nombre al álbum que tiene a “De mí, contigo” como primer corte de difusión.

“Miraba a mi hija mayor y a mi compañera embarazada de Agustín y pensaba en esto de ´sos el amor de mi vida´, pero también se trataba de ´el amor en mi vida´”, remarca en un juego semántico que trasciende el trueque preposicional para darle un sentido profundo a sus palabras. “También lo pensé en relación a la música, que es un amor en mi vida, ocupa todo mi tiempo”, dice el músico que, en sus conciertos, de cuidada puesta en escena, emana aires de rocker, tal como sucedió en aquellas dos presentaciones de 2017 en el estadio de River Plate, ante 80.000 fanáticos que convirtieron en sold out cada show. “El amor es el estado de presencia y la conexión. Yo sabía que el amor estaba presente en mi vida a través de mucha gente, pero es como que caí en la cuenta de eso desde la razón”, vuelve sobre un tema que hoy ocupa especialmente sus emociones.

¿Podría decirse que le diste lógica a aquello más vinculado a lo sensorial?

—Se sincronizó la razón con el sentimiento. Pienso que es bueno estar atento a visualizar dónde está el amor en la vida.

Quizás no aparezca…

—El amor siempre está porque somos y estamos hechos de amor. No hablo del amor como una idea romántica, sino como esencia.

En tu vida, ¿cómo se plasma esa idea?

—Tomando conciencia del amor de la gente que me rodea, de lo que siento por quienes me acompañaron en momentos emocionales muy duros y que pude sortear con éxito gracias a esas presencias.

¿A qué te referís con “momentos emocionales muy duros”?

—Cuando conocí a Mora también conocí a Guillermina, nuestra hija mayor.

Su metamorfosis afectiva se inició antes de comenzar a trabajar en su última placa. Tiempos en los que consolidó su relación no solo con Mora Calabrese, su pareja, sino también con Guillermina, la adolescente de 13 años, hija de Mora, a quién él también menciona como propia. Para completar el cuadro familiar, el 21 de octubre del año pasado, en la ciudad de Resistencia, nació Agustín, su primer hijo biológico. “Cuando con Mora decidimos iniciar un camino de pareja, casi de inmediato le propusimos a Guillermina comenzar un camino de familia. Ella aceptó y yo entendí que debía pararme en otro lugar en la vida”.

¿Por qué?

—Venía de muchos años de individualismo. Si bien en mi familia siempre se respetó eso, necesitaba limpiar los egoísmos de la individualidad. Tenía que empezar a tener una mirada y a entender las cosas como familia. Lo deseaba. Fue una decisión tomada desde el amor absoluto.

Es todo un proceso.

—Le planteé a Mora que necesitaba sacar de dentro mío, aspectos que construyeron, con mucha alegría, al que fui durante años, pero que ya no me pertenecían en esta nueva etapa, porque no formaban parte de lo que quería ser con ellas. Fue un proceso emocional muy fuerte.

La posibilidad de una reconversión.

—Seguramente implicaba amarguras, miedos y fantasmas, es inherente al ser humano.

¿Cuál fue la reacción de Mora y de su hija?

—Me contuvieron mucho en todo ese proceso.

En poco tiempo, te iniciaste en el ejercicio de la paternidad y por partida doble.

—Es conmovedor, estoy muy movilizado. Me enseñan, me desafían emocional, intelectual y creativamente a diario. Tanto Guille como Agustín me enfrentan a eso, pero los desafíos siempre me han gustado mucho, así que vivo en un estímulo constante. Estoy muy a flor de piel, pero muy feliz.

Te encuentro reflexivo acerca de tu interioridad. ¿La terapia fue un camino para llegar a eso?

—Hago terapia. Soy un hombre que se observa a sí mismo y agradezco cuando los otros me ayudan en ese afán de observación. Siempre es un riesgo, pero creo que pensarse a sí mismo tiene que ver con el estado de conciencia de quién es uno y cómo actúa tanto en los aspectos en los que se está conforme como en aquello que se desea modificar. Hay que estar consciente de las cosas que uno vivencia y, sobre todo, elije.

Esa posibilidad del pensarse a sí mismo, entiendo que es ineludible a la hora de generar arte.

—Depende de la personalidad de cada uno. Si el artista es compulsivo, tendrá una forma de crear menos consciente o razonada.

En tu caso, ¿qué incide en tu proceso creativo?

—A la hora de escribir no juega tanto la razón, soy más impulsivo. En cambio, la razón incide mucho en los procesos de producción posteriores y en los arreglos.

Pensando en el lado sufriente de la vida, no duda en recordar aquel día que lo marco: “La partida de Nelo, mi abuelo materno, fue un momento muy doloroso, muy triste”. No solo las partidas físicas dejaron una huella, al comienzo de su carrera, cuando los viajes se hicieron frecuentes, apareció el desarraigo de su gente en su Bahía Blanca natal y en el puerto de Ingeniero White donde transcurrió su adolescencia: “La distancia con las personas que quiero fue un dolor que tuvo un gran proceso. Me tomó años lograr que la distancia no me doliera o confundiera. Con el tiempo pude entender o armarme ciertas corazas. Escribí mucho al respecto. Lo mismo me sucedió con la sensación de soledad”.

Sueño dorado

Entre los innumerables reconocimientos que recibió a lo largo de sus 26 años de carrera se destacan los tres premios Gardel de Oro. Una docena de álbumes, un documental que acompañó a su disco Único, conciertos en el Estadio Único de La Plata y en River Plate y una resonante repercusión en mercados internacionales como México y España conforman una carrera coherente y armónica.

En 1997 presentaste Para cantar he nacido, tu primer álbum. Desde aquel debut hasta hoy transitaste por el folklore argentino más genuino hasta influencias latinoamericanas, cierta cercanía con el pop y el rock y sonidos más latinos. Con la riqueza de tu repertorio has podido sortear los encasillamientos a los que suele condenar el mainstream de la música.

—Dejé sujeta la decisión artística a lo que me sucedía como persona. Siempre dije que, a medida que experimente etapas de cambio significativas, mi música va a seguir virando de la misma forma. Si en la vida me voy parando en distintos lugares, mi punto de vista también se va a ir modificando. Lo que hago es expresión de cómo me siento y quien soy.

Cada disco es una foto de un tiempo.

—Sin ningún lugar a dudas. Sin ir más lejos, para hacer este último disco tuve que revisar la raíz de lo emocional. Además, estoy en un momento de apertura.

¿Tiene que ver con tu proyección internacional?

—Sí, en México y España estamos muy fuertes, por eso el material es de idiomas más abiertos. Probablemente, esto se traslade a un par de discos más, aunque tampoco pierdo de vista que me siento muy en contacto con mis raíces. Sé que en un tiempo voy a volver a hacer un disco folklórico tradicional, porque, como ser humano, tengo un lugar ahí.

Si bien El amor en mi vida es un disco personal e íntimo que rescata su tiempo presente, lo cierto es que esa radiografía propia se gestó en el trabajo colaborativo de escritura junto a artistas como Vanesa Martín, Beatriz Luengo y Diego Cantero (España); Kany García y Tommy Torres (Puerto Rico); Dúo San Luis (Venezuela), Yotuel (Cuba), Gian Marco Zignano (Perú), Mario Domm (México), Nano Novello y su hermano Ariel (Argentina). Lali y algunos de los compositores mencionados también aportaron su voz en el material. “Confié mucho en todos ellos para que me ayudasen a decir lo que quería decir”, reconoce Pintos. El material va de la balada a los ritmos más caribeños, con una clara esencia de identidad latinoamericana.

¿Por qué recurriste a otros artistas para escribir a cuatro manos?

—Si en la vida me ayuda la gente que está conmigo a diario, en lo artístico también pensé que era bueno recibir la ayuda de otros artistas. Este material se convirtió en el disco más compartido de mi carrera, porque tiene que ver con el momento más compartido de mi vida.

¿Antes no era así?

—No, siempre resolvía mis cosas internas de manera muy solitaria, por eso me guardaba tanto. Ahora es un momento de estar más compartido, por eso en la canción “Quiero cantar” digo: “Despedazarme un poco, ser de todos”. Para mí cantar es eso, pero también sucede en mi persona.

Abel Pintos viajó a encontrarse con aquellos artistas con los que estableció una comunión creativa. En jornadas de más de doce horas fueron naciendo los temas que componen el nuevo material de profunda raíz latinoamericana y definido en la variedad de voces y estéticas. “Soy una persona amplia, como es mi forma de leer o escuchar música. Leo todo y a la hora de hacer música no tengo prejuicios”, dice el lector influenciado por la prosa de Raymond Chandler y Paul Auster y que hoy es un dedicado estudiante que busca terminar sus estudios secundarios: “En un año y medio debería estar terminando de rendir. Mi primera mesa será el 27 de junio, cuando rinda Psicología”.

¿La idea de terminar tus estudios fue impulsada por la paternidad?

—Siempre tuve la idea de terminar el secundario como un fin de ciclo, pero, ahora, se ha convertido en un medio para un fin: quiero estudiar una carrera universitaria.

Percibo que se trata de Psicología.

—Sí, me decidí hace dos días porque tenía tres opciones: Filosofía, Psicología o Abogacía.

¿Por qué la abogacía?

—Tiene un tono absurdo, pero me di cuenta que había leído muchas novelas escritas por abogados, así que pensé que algo había ahí. Además, me interesaba estudiar al individuo en los marcos de la sociedad.

El presente también lo encuentra abocado a la producción de un joven artista de Bahía Blanca, de alguna manera repitiendo aquella generosidad que Raúl Lavié tuvo con él cuando visitó Ingeniero White: “Aquella vez, yo trabajaba de mozo en una conferencia de prensa con comida típica del puerto que se había organizado para agasajar a Raúl. En determinado momento, un periodista de Bahía Blanca le comenta que yo era el pollo de la ciudad. Raúl me preguntó si era cierto y me dijo que le gustaría escucharme cantar. En minutos, fui a mi casa y busqué un demo que tenía grabado. Cuando se lo di, tuvo un gran gesto: para que me quedase tranquilo que lo iba a escuchar, lo escuchó conmigo en la sala del teatro donde ofrecería su actuación. Eso habla de su calidad de persona”.

¿De quién te sentís heredero humana y artísticamente?

—Uhhh…. No lo sé…

Alguien habrá sembrado una semilla en vos.

—Me siento muy influenciado por Mercedes Sosa, Gustavo Cerati y León Gieco, son mis tres referentes fundamentales. Mercedes, por su cosmovisión de la música mundial; Gustavo, por la excelencia y la elegancia, y León por la honestidad de su canto. Canta como piensa y siente sin interferencias.

FUENTE: La Nación por Pablo Mascareño

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