Tomás Lipán: “Procuro ir preservando lo que he aprendido de mis mayores”

El insuperable cantor estuvo en El Tribuno TV, en vísperas del Día de la Pachamama, y a propósito, para contar el sentido de esta celebración de la cultura incaica y ofrendar su canto. Habló de su relación con esa voz que lo identifica, de su vida en el campo, y de sus pérdidas que se transformaron en expresión, como las de su hermano Domingo Ríos y de su hija Fita Ríos.

¿Cómo estás viviendo estos tiempos de encierro y tecnología?

—Antes me acuerdo que para hacer saber algo de una presentación, tenías que ir a una maquinita de escribir si sabías- escribir con carbónico, y salir a repartir los partes de prensa medio por medio, y ahora estamos aquí en este estudio saliendo por internet a todo el mundo. Ahora uno aprieta un botoncito y llega todo a todo el mundo. Soy nacido antes de mediados del siglo pasado, en 1948, y creo que veinticinco años más voy a estar cantando.

Tu voz tiene una personalidad muy definida, es resonante, fuerte, grave, y nos identifica en el país y el mundo, y además está intacta. ¿cómo es la relación con tu voz? ¿cuándo entendiste que esa era la voz que te iba a llevar por tantos lados?

—Natural, yo siempre pienso en mis padres, en la Pachamama, en la Madre Naturaleza. He venido al mundo así con esta voz, yo no me he entrenado ni he tenido profesores de canto ni de música. Todo es natural. Mi canto se ha ido forjando naturalmente en cada actividad que me ha ido tocando hacer desde niño. Ha sido todo felicidad, desde que ayudaba a mi mamá a arriar las cabras, ella por ahí iba cantando alguna coplita y yo iba mamando eso. O cuando necesité hacer oír la voz para traer las cabras, la hacía sonar más fuerte y grave. Así mi voz se fue formando.

El canto va de la mano de la naturaleza

—Sí, y procuro ir preservando lo que he aprendido de mis mayores, y de grandes artistas que no están más, como don Atahualpa Yupanqui, Justiniano Torres Aparicio, Máximo Puma, el Kolla Mercado, Domingo Ríos. Todos ellos nos han transmitido el canto que habla de nuestras raíces, nuestras costumbres, del paisaje, de las vivencias, del amor, y de nuestra forma de vivir. Yo sigo preservando las coplas que hemos aprendido de niño, aunque algunas ya no son bien recibidas por el entendimiento de la mujer, porque son machistas. Hay que tener cuidado con eso.

¿Cómo te llevas con eso, a la hora de cambiar lo que se canta?

—Con mucho respeto. Por ahí cantando y explicando que lo aprendí de mi tatarabuelo, y que no hay ninguna mala intención en una copla que es ancestral. Es sólo la alegría de cantarle un piropo a la mujer. Todo eso ha hecho que yo tenga un caudal enorme de vivencias para cantar. Más de cincuenta años cantando.

Recién nombraste a tu hermano, Domingo Ríos, gran vientista y compositor, con quien es notable una unión muy fuerte, que hizo que, a poco de su partida, le hicieras un tema musical. Lo destaco teniendo en cuenta que vos normalmente no componés, sino que sos intérprete. Pero a él, sí le hiciste una canción

—Sí, “Caña mía”, con los sikus. Me inspiré porque me tocó estar lejos cuando murió, no pude estar en su velorio. Sí lo había ido a ver en Córdoba, cuando estaba internado, pero no pude venir a su despedida. Le compuse ese tema que lo toco con el siku, porque él fue un vientista formidable, como nadie tocaba la quena. El siku era su arma, y nacía del corazón. La caña era su vida. Es como una letanía, una oración cantada hacia él.

Después de eso, ¿seguiste componiendo, o fue sólo ese momento?

—No, porque soy muy estricto conmigo, y todo me parece fiero. Puedo componer a pedido. Sí tengo una deuda con mi hija Fita (joven pianista quien dejó de existir en 2019), porque en el primer minuto después que falleció le prometí una canción para ella. Tengo miles y no puedo concretarla, pero va a llegar. Hice una recopilación de los temas en los que ella me acompañaba con su piano. Ella me “desburraba” musicalmente porque ella sí era una estudiosa, me enseñaba a leer las partituras. Ella sabía que eso a mí me cuesta mucho. Entiendo música, quizás más que un músico profesional, pero no sé escribirla ni leerla, y ella se ponía a enseñarme nota por nota. Uno de los temas en los que ella me acompañó con el piano, es “Jujuy mujer” de Alejandro Carrizo.

Volviendo a la personalidad de tu voz, ¿se puede decir que nació para caminar sola? Digo porque desde siempre fuiste solista

—En 1980 entré a trabajar en la Municipalidad de San Salvador de Jujuy. El 18 de abril, y el 19 me puse el nombre artístico Tomás Lipán. En ese entonces por un lado tenía mi carrera como administrativo y me gustaba y me gusta- la política, quería llegar a ser intendente y gobernador. Entonces Tomás Ríos era el serio administrativo, y Tomás Lipán, el piola que guitarreaba. Y con el tiempo le ganó Lipán a Ríos. Yo hubiera sido un buen político, porque me encanta y sé muchísimo, pero mi canto está por encima de cualquier política del mundo, porque mi canto es tan sagrado, tan fuerte, porque es de la Tierra, de la Pachamama, es de la gente, del pueblo, de todos, no es de un sector. Y si me meto en la política tendría que sectorizarme.

Más allá de tu voz, hay dos facetas más que me gustaría mencionar y que me cuentes de cómo te ves en ellas, que son la de instrumentista (guitarra, siku, bandoneón, etc.); y la de actor (fue convocado para algunas películas, y su papel en una de ellas fue nominado a revelación masculina en los Premios Cóndor)

—Lo primero que empecé a tocar era el erkencho y la caja, que eran los únicos instrumentos que tenía mi papá en la casa, para las fiestas. Después uno de mis hermanos construyó una guitarrita y ahí comencé a tocar. Con el tiempo aprendí el siku y el bandoneón. Un tío de mi papá, Heriberto Vilte, gran bandoneonista, nos enseñó en los encuentros de patio de tierra, donde bailaba la gente. Aprendí a tocar bandoneón, viéndolo a él una vez al año, pero nunca toqué su instrumento. Años después, cuando uno de mis hermanos mayores comenzó a trabajar, se compró un bandoneón y entonces sí pudimos tocar todos. Y como actor, agradezco mucho a los cineastas que confiaron, Gonzalo Calzada, Miguel Ángel Pereyra y Pablo Trapero. Cuando me habló Pereyra, le pregunté si tenía que estudiar cuestiones actorales, y me dijo que no, que tenía que hacer de mí. No tengo memoria visual, y mi hija Fita, entonces me grababa el guion y me lo daba con auriculares para que lo escuche durante el día y así aprendía. Muy rica experiencia.

Sobre la Pachamama

Su voz y su vida, son sin dudas ofrendas genuinas a la Tierra, y ante la consulta de su experiencia en relación con agosto, cuenta: “Yo me he criado venerando a la Pachamama. Mi papá el primer trago de bebida que hacía cuando se levantaba iba a la Tierra, y recién tomaba. A través de ese ejemplo, entendí que la Pachamama es todo, la Tierra es todo. Ella nos da todo lo que tenemos, y el modo en que nos procuramos todo. Mi papá lo hacía para agradecer los frutos, la comida, el alimento para él y sus hijos. Nunca nos faltó la carne, la leche ni el pan. No había fábricas de nada, no se compraba nada. Él sembraba. Porque en Purmamarca, en Chalala, la tierra donde nací y me crie, da de todo. Mi abuelo decía que era una tierra bendita. Mi madre era pastora de cabras, y carneaba todos los domingos. Amasaba y todos los días sacaba leche y hacía queso. ¡Cómo no querer a la Pachamama! Si nunca nos faltó nada. Pones una semillita y te da fruto. Me acuerdo que mi papá se paraba a mirar los sembrados y mientras veía todo verdecito, sentía esa satisfacción”. Y entonces se entiende el amor infinito a esa Tierra que lo vio crecer y lo alimentó.

“Entonces, ¿cómo se retribuye? el primero de agosto mi padre ofrendaba lo mejor que cosechaba. Mataba el mejor capón, ya sea cordero o cabrito, lo charqueaba, lo hacía secar al sol y lo guardaba para la Pachamama, el mejor maíz. Todo se guardaba para la Pachamama, y mi mamá ya el 31 de agosto se encargaba de cocinar el maíz, las habas, para tener listo todo al otro día. Esa comida se llama tijtincha. A las 10 de la mañana se cavaba un agujero en algunas de las piezas o en el patio y se le daba de comer en una ceremonia íntima y muy sentida, a la Madre Tierra. La ofrenda se hace con profundo amor, y rezando, prometiendo cuidarla. En aquel tiempo no había plásticos, no había basureros, no se tiraba nada, todo se reciclaba”, dice el maestro conocido como “El Canto de Purmamarca”, dejando en nosotros el anhelo de vivir alguna vez en ese mundo sin desperdicios.

FUENTE: El Tribuno

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