El Cervantes celebró sus cien años con muchas ganas de recomenzar

La noche del domingo fue un momento de gloria para el Teatro Nacional Cervantes: sobreviviente, mágico, integrante ineludible de la arquitectura porteña, cumplió sus primeros 100 años con un festejo en el que no faltaron recuerdos imborrables, gestos de admiración y el lamento de que el público en general no tuviera acceso; su aforo no da para tanto.

Fue una cita con invitaciones especiales en razón de que la pandemia aún no terminó y que preanuncia mejores tiempos y más teatro, danzas, música, actos culturales y todo lo que puede albergar el gigante de Libertad y Córdoba en sus diversas salas, empezando por la mayor, la María Guerrero.

El Cervantes nunca estuvo quieto en los últimos tiempos, ni siquiera en las tediosas horas del ASPO -Aislamiento Social Preventivo y Obligatorio-, porque de inmediato se adaptó a los modos virtuales y hasta organizó en forma relámpago un concurso de obras breves al que se presentaron cientos de aspirantes y cuyas ganadoras se pudieron apreciar desde los hogares.

Entre los ganadores se apreciaron nombres de prestigio -muy pocos novatos o novatas-, los intérpretes y directores/as trabajaron de acuerdo a las normas sanitarias vigentes y las piezas fueron grabadas velozmente con toda la tecnología que se dispone, en la sala mayor del complejo.

El centenario del Cervantes -construido e inaugurado en forma privada por los actores españoles María Guerrero y su esposo Fernando Díaz de Mendoza, estuvo luego en peligro financiero, resultó salvado por el Estado argentino en 1933, sufrió un incendio en 1961 y fue declarado Monumento Histórico Nacional en 1995- lo encontró radiante, y su festejo fue, sin duda, uno de los grandes acontecimientos culturales del año.

La noche se caracterizó por una euforia real, donde hubo reencuentros de actores y actrices, críticos, técnicos y personajes habituales del ambiente, que cumplieron el milagro de reconocerse a mitad de rostro pese a los barbijos: el instante los conectaba con casi un año y medio de no verse, y parecía que casi nadie había cambiado.

Hubo una muestra museográfica en la que figuraron vestuarios de diversas obras, fotos añejas y objetos que se usaron en el Teatro a través de los años y que quizá se reciclen para nuevas experiencias; pero las ansias estaban en la entrada a la sala, ese famoso recinto que en la imaginación colectiva permanece igual al 5 de septiembre de 1921.

Lo que se vio fue bueno y breve, aunque se insistió en demasía con el humo artificial, que a mucha gente molesta: tres excelentes intérpretes -Marcos Montes, María Merlino y Vanesa Maja- reseñaron las bases del arte escénico, lucieron sus habilidades histriónicas y compitieron en el canto, en el mejor estilo que emplea el director Juan Parodi, hábil en todos los géneros. Muy sutil la pianista y cantante Guillermina Etkin.

En la performance se proyectó en la cúpula la pintura original de la sala antes del fatídico incendio y se volvió al pasado con fotografías de numerosas obras representadas en las varias salas del Cervantes; aunque un fogoso discurso de Eva Duarte de Perón pronunciado en esa sala en 1947 en reivindicación política de la mujer no arrancó el más mínimo aplauso. Raro.

Hubo pasajes de “La dama boba”, de Lope de Vega, obra con que la Guerrero inauguró su templo en 1921, ahora en manos de los once integrantes de la Compañía Argentina de Teatro Clásico, comandada por Santiago Doria, que pronto será estrenada completa en alguna sala porteña, dentro de su ciclo del Siglo de Oro español.

El final fue uno es los ejemplos de teatro más “democráticos” que se han visto y donde también se detecta la mano de Parodi: casi todos los trabajadores del Teatro, artesanos, técnicos, administrativos, comunicadores, describieron sus tareas en un frenesí dionisíaco y con un vestuario imaginativo recorrieron la escena, provocaron ráfagas de humor, lanzaron proclamas y, cada uno, sobre el histórico escenario, tuvo su instante de aplauso y trascendencia.

FUENTE: Télam

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