Leyenda: El origen del Coyuyo

Dicen que vivían en el campo haciendo las tareas dos hermanos cuyas labores eran específicamente rurales. Cuando asomaba febrero las vainas del algarrobo maduraban dulzonas y pintorescas, los muchachos las juntaban en grandes cantidades para elaborar con ellas el delicioso patay. El trabajo era arduo y bastante tedioso, pero bien valía la pena.

Una vez que obtenían las vainas, extraían las semillas, las machacaban en el mortero y con la harina preparaban el exquisito patay que no era otra cosa que una especie de quesillo dulzón, o al macerar las semillas solían hacer sabrosas bebidas como la añapa que era un fermento algo turbio pero muy refrescante. También recogían algarroba negra y de igual forma lograban fabricar aloja, ésta es una bebida mucho más fuerte de color amarillo y con la cual ellos regaban cada festejo.

Los jóvenes podían permitirse esos lujos en tiempos de abundancia, también solían ir a las bailantas en compañía de alguna mujer bonita y allí dejaban aflorar las ansias contenidas y las acompañaban con algún trago fuerte. Pero como se sabe, el alcohol en demasía tiene efectos desbastadores.

Cierto día, después de las labores diarias, los hermanos resolvieron disfrutar de una noche de jolgorio y esparcimiento, luego de ponerse las pilchas domingueras y echarse agua florida, allá fueron los dos montando sendos caballos en busca de diversión.

Al llegar a lo del Filemón, vieron hermosas gurisas, todas ataviadas con vestidos vistosos y un grupo de músicos bien afinados hacían derramar bellas melodías, algunas mozas preparaban empanadas y el Arsenio cuidaba el fuego que asaba abundante carne y perfumadas achuras. Por cierto, no faltaban bebidas. Las mujeres se servían añapa o chicha, los varones la portentosa aloja que este año parecía estar más espirituosa que nunca. Los dos hermanos comieron, bebieron y bailaron largo tiempo.

Bien entrada la noche llegó al lugar un grupo de nuevos vecinos y entre los mayores sobresalían tres jovencitas, todas hijas del matrimonio en cuestión. Una de ellas provocativa y cizañera hizo enfrentar a los hermanos que cegados por el alcohol se fueron a las manos. En la refriega olvidaron que quien hoy era el oponente, no solo era su hermano de sangre sino quien desde temprana muerte de sus padres había sido su mejor amigo, su otra mitad.

Hubo revuelo de ponchos y facones en mano y sin tardanza se trabaron en lucha. Sin dudas, el menor era el más fuerte y enceguecido por el alcohol hundió su cuchillo en el pecho de su hermano quitándole la vida. El peso muerto de quien fuera su hermano, su compañero y su protector se desplomó sobre su propio cuerpo que al verse cubierto de sangre lo hizo reaccionar y recobrar la lucidez abruptamente, entonces comprendió cuan terrible había sido su accionar, dejó escapar un fuerte alarido y huyó al monte. Deambulo por días y noches, enloquecido de culpa hasta que se le hizo imposible de sobrellevar, el terrible peso de su conciencia atormentada le hizo bajar la cabeza más y más.

Poco a poco, su fornido cuerpo se fue hundiendo en la tierra y a medida que esto ocurría fue dejando su apariencia humana para convertirse en un coyuyo.

Por eso, cuando escuches cantar un coyuyo, recuerda que su canto trasluce la insoportable angustia que sufre y por ello canta. Solo cuando la algarroba madura, aquieta su pena y sube a la superficie de la tierra recordando los días felices.

Por Susana Otero

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