Leyendas tradicionales: El Maíz

Cuentan los ancianos guaraníes que eran gobernados por un mburuvicha cuyo nombre era Avá. Este era amado por su comunidad por su serenidad y entereza. Quienes lo conocían y eran sus adversarios le temían no por su sabiduría, sino por su fuerza para la lucha y su obstinada determinación. Su bravura, honradez y prestigio era la envidia de muchos ambiciosos, no solo del enemigo, sino con los de su propia tribu. Ellos siempre esperaban que se presentase el momento oportuno para atacarlo y deshacerse de él.

Mba´e Pochy era un espíritu colérico, cuyo fin era dañarlo por ser el valiente jefe que respetaba a Ñanderu Tupa, este maligno ser, buscaba dañarlo azuzando a los enemigos de Avá, llenándolos de odio y malignidad, por lo que la traición no se hizo esperar. Lo emboscaron cuando salió de caza a la vera de una arbolada senda que bordeaba el camino por donde se desplazaba. Durante el ataque, las flechas iban y venían, era una alevosa emboscada y un certero flechazo le cortó de cuajo la prominente nariz del Avá. Otras lanzadas por la espalda, lograron darle muerte. Y vaya a saber porque su cuerpo fue a dar cerca de donde cayó su nariz. La expedición de caza quedó trunca por el cobarde asesinato, y su solitario cadáver quedó en el silencioso monte.

Al no regresar, su esposa y su hijo, sumamente preocupados fueron en su búsqueda. Lo encontraron en el cruce de dos caminos, acribillado por las flechas enemigas. Madre e hijo lloraron sin consuelo ante el cuerpo del muerto hasta que decidieron darle sepultura en un claro del monte, tardaron bastante. Por lo avanzado del día, decidieron pasar allí la noche.

Al llegar el alba, ambos se preguntaron qué sería de ellos, como vivirían y quien les brindaría amparo, seguridad y el amor que el Avá les dispensaba.

En esas cavilaciones estaba madre e hijo cuando, de pronto un pájaro de gran tamaño, se posó sobre la tumba y con sus patas escarbó un hueco en la sepultura y depositó en él, la nariz que había quedado perdida y solitaria en el monte. Luego el pájaro tapó el hoyo y voló dando graznidos hasta que lo perdieron de vista. Pareciera ser que Ñanderu Tupa había sido enviado por él.

Ni bien el pájaro se alejó del lugar, sobre la tumba comenzó a brotar una planta de hojas verdes, que parecían lanzas y terminaban en espigas semejantes a las plumas del cacique. Todo fue muy rápido, en una sola mañana. Asombrados arrancaron una de sus espigas y al separar la chala descubrieron que en su interior había granos cobrizos, del color de la nariz de Avá.

La angustia por la pérdida del cacique se vio recompensada con el obsequio de esos granos, que se convirtieron en el principal y valioso sustento de toda la tribu. Todos lamentaron la muerte del cacique, pero al comprobar el inédito suceso lo festejaron con muestras de alegría considerando, que era la prodigiosa herencia dejada por mburuvicha.

El Avati, junto a la mandioca y otros alimentos han sostenido a las generaciones que los sucedieron. 

Por Susana C. Otero 

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