Cuenta la tradición oral que Pachacamac, creador del universo, le dio forma a un ave sagrada y la llamó Cóndor.
Es esta, unas de las aves más fuertes que sobrevuela el cielo de los Andes. Se lo distingue por poseer un plumaje brillante negro azulado y un collar de plumas blancas alrededor de la base del cuello.
Es carroñero, pero para alimentarse, primero visualiza desde lo alto la presa y una vez que se cerciora que el animal está muerto y sin descender por completo para comer, planea un tiempo sobre los restos, luego, por fin desciende y se posa en el lugar para observar mejor aún su alimento.
Dicen que el Cóndor no siempre usó ese collar blanco que tan elegantemente luce en el cuello.
Él se habituó al uso después que fue derrotado en una triste y lastimosa lucha contra un rival peleador, altanero y charlatán conocido como Chusclín, que no era ni más ni menos, que un embaucador y pendenciero chingolo, al que todos le tenían ojeriza.
Cuentan los abuelos sabios, que cierta vez, Don Cóndor se había acercado al valle y se llegó hasta la pulpería con el fin de una celebración, allí conoció al mencionado Chusclín con quien compartió una amena charla, pero adobados por el alcohol, ambos parroquianos alardeaban de sus pendencias y hazañas.
En la contienda, ambos de declararon grandes bebedores de vino tinto, y para demostrarlo los contrincantes hicieron una singular apuesta, el que bebiese más vino, ganaría y el perdedor, no solo perdería la apuesta, si no que pagaría una vuelta para todos los parroquianos.
Tanto el Cóndor como Chusclín empinaron gozosos sus respectivas damajuanas.
Don Cóndor trataba de cumplir al pie de la letra la apuesta, sin darse cuenta que su oponente arrojaba al suelo la mayor parte de lo que debía beber.
Como Don Cóndor no era tan buen tomador de vino como decía, pronto comenzó a padecer un fuerte dolor de cabeza, para atenuarlo se desató el pañuelo que traía en el cuello y se lo ató a modo de vincha.
En eso estaba, cuando descubrió el ardid del chingolo y se le echó encima. Chusclín era un veterano en el arte de las peleas y lo esperó parsimonioso y confiado.
La pelea no duró mucho porque el Cóndor lo abarajó con un golpe certero y le hizo sangrar la nariz, el chingolo solo atinó a atajarse los golpes, defendiéndose.
Así fue, como en la reyerta, el pañuelo blanco que el Cóndor tenía de vincha se le cayó sobre el cuello y desde ese día, allí lo luce, para recordar que ese tipo de bravuconeadas no resultan beneficiosas.
Por Susana C. Otero